miércoles, agosto 29, 2007

Pani Sowcha

Cuando era niño, dos personas alegraron mis días, y los llenaron de amor, sabiduría, aprendizaje
y me malcriaron mucho. De una de ellas ya hablé, mi abuela Tita. La otra es Pani Sowcha.

Pani en polaco significa "señora". Sowcha era su nombre original, que se castellaniza Sofía. Obvio, era una señora polaca, de los tantos inmigrantes que llegaron a Uruguay a principios del 1900, y mas aun en la época de entre guerras. Ella fue de éstas últimas.

Gente de pelearla, como digo yo siempre. Gente que no vino a pasear, sino a construirse un bienestar para sí mismos, primero, y para sus descendientes después. Siempre contaba que llegó al país con una valija pequeña con sus cosas, en barco. Nunca entendí bien si vino así desde Europa, pero es lo más probable. Un hermano suyo, que ya había emigrado anteriormente, la trajo.

Llegada a Montevideo, consiguió trabajo como modista, y en poco tiempo conoció a don Eduardo, quien sería después su esposo. No llegué a conocerlo, lamentablemente, ya que falleció seis meses antes que yo naciera. Pero todo quien me habló de él, me decía cosas buenas. Asi que tan mala persona no ha de haber sido.

Pani Sowcha tenía varias casas, fruto del trabajo de ella y de Don Eduardo. En una de ellas empecé mi vida, ya que mis padres y mi abuela vivían allí. Doña Sofía era la que vivía en la casa de arriba, y desde que llegué me quiso como su hijo. La vida, lastimosamente, no le había dado uno propio. Cuando vino mi hermana Tamara, eramos los dos los que la alegrábamos, según ella, y molestábamos, según mi abuela.

Tenía, desde luego, muchos conocidos de su colectividad polaca. Cuando yo tenía cuatro años, una noche una amiga de ella se despide en la casa, diciendole "dovitzenya" (adios). Yo, que solamente las oía cuando hablaban en polaco, porque obviamente no entendía, a la mañana siguiente llego a la casa y le digo "dovitzenya!" Se sorprendió mucho, me contaba años después, de que recordara la palabra con tan buena pronunciación, y me enseñó su idioma. Llegué a conocerlo como el castellano que hablaba con mis padres o amigos, incluso leía y cantaba con ella canciones de su Polonia lejana. Es una pena que cerca de los 7 años perdiera este idioma, vaya a saberse el porque. Probablemente haya sido un bloqueo de mi cabeza para cerrar un mal momento como fue el divorcio de mis padres a esa edad.

Otra cosa que Doña Sofía me enseñó, fue a leer y escribir. Un día, según ella, estaba yo mirando el diario como si supiera. Me preguntó si entendía, y claro que dije que no. Pero con cuatro años escribía y leía el diario como cualquier persona mayor, por eso cuando empecé la escuela me aburría sobremanera. Además, es por eso que mi lectura en clases siempre fue perfecta, ya que no vacilaba ni dudaba, debido a que sabía desde muy pequeño leer.

Tenía su casa siempre de forma impecable. Parecía que en esa casa no viviera nadie, pero si alguien que siempre ordenara y limpiara todo. Muebles firmes, de los que ya no se hacen, hechos por el mismo Don Eduardo. Dos cocinas tenía esa casa, ambas de leña. Entrar allí en los fríos inviernos uruguayos era una delicia. Toda la casa estaba cálida, porque ella prendía a primera hora esa cocina, y la tenía todo el día alimentada con la leña que, meses antes, había comprado de otro paisano suyo y tenía guardada en un galpón.

Ella es una de las razones de mi sobrepeso. ¡¡Pero con agradecimiento!! ¡Que de cosas ricas hacía Doña Sofía! Aún no he encontrado un mejor strudel que el suyo, ni una pizza con mejor sabor. Las delicias de la cocina polaca se abrían ante nosotros, que siempre estábamos ávidos de comerlas. Recuerdo particularmente los piroguis (unos pastelitos de masa, rellenos con una ciruela entera, que se cocinaban en agua, como los ravioles, y se aderezaban con manteca derretida y azúcar). Al menos tres veces en la semana, cuando no más, almorzábamos con ella.

Cuando mis padres y mi abuela trabajaban, yo llegaba de la escuela a su casa, hasta que alguno en mi casa llegaba. Siempre estaba la merienda pronta, y contaba que el primer día que volví de la escuela, con cinco años, me tomé un jarro de medio litro de leche de una vez.

Católica practicante, casi fundamentalista, fue indescriptible su alegría cuando el cardenal Karol Wojtyla fue elegido Papa. Tenía una fotografía grande de él puesta en el marco de la puerta que daba a la estancia principal de la casa, de modo que al entrar la veías, necesariamente. Además, en 1977 o 1978 (no me acuerdo bien) viajó a Polonia a ver a su familia, y entro otras cosas trajo un cuadro hermoso de la Virgen de Czestochowa, Patrona de Polonia. Fue una pena que no viera en Montevideo a su querido Juan Pablo II.

Me costó enormemente separarme de ella cuando debimos viajar a Paraguay. Cada vez que mi abuela venía a Montevideo (debía hacerlo cada tres meses por una pensión que recibía), ella me enviaba alguna carta y algo para comer. Siempre. Y cuando yo venía a Montevideo, las vacaciones o cuando podía, me quedaba en su casa. Es mas, en una ocasión mi abuela insistió que fuera a la casa de su hermano, pero estuve solo dos días: al tercero ya estaba en lo de Doña Sofía. :o)

Estando en Asunción, luego de mi cumpleaños 16, me llegó una carta de mi hermana Tamara, donde me contaba cómo se había despedido de ella dos días antes de nuestro cumpleaños (si, Tamara y yo cumplimos el mismo día, con diferencia de dos años). El 10 de setiembre de ese año, 1985, Doña Sofía se fue a descansar con su querido Eduardo, a quien recordó siempre, y a quien quería ver cuando se fuera, según sus palabras de siempre.

Creo que fue la primera vez que me dolió tanto la muerte de un ser querido. Porque ella había sido tantas cosas en mi vida, que de golpe quedaba un vacío tremendo. Nunca nadie pudo llenarlo, y siempre mi pensamiento de ella es el mismo: la eprsona que, sin ser mi familia, me eligió como de la suya.

Pani Sowcha, como la llamábamos... gente como la que ya no hay

1 comentario:

Juje dijo...

que bellos recuerdos.